Trabajar de manera sostenida con víctimas de violencia puede afectar el bienestar de profesionales y equipos. Reconocer ese impacto y generar condiciones adecuadas de cuidado es una responsabilidad que también corresponde a las instituciones y al Estado.
La violencia no afecta únicamente a quienes la han experimentado de manera directa. El contacto cotidiano con relatos de vulneración, sufrimiento, pérdidas y experiencias traumáticas también puede repercutir en quienes acompañan a las víctimas.
Con el tiempo, este trabajo puede incidir en el bienestar de profesionales y equipos, en sus relaciones y en su manera de percibir el mundo. También puede dificultar que sostengan su labor de forma saludable. Reconocer estos efectos es el primer paso para abordarlos sin convertirlos en un problema individual ni interpretarlos como falta de compromiso profesional.
Esta reflexión estuvo en el centro de la Octava Sesión de la Plataforma Data Justa, titulada Cuidarnos mientras cuidamos: bienestar y cuidado de equipos que trabajan con trauma y violencia. La actividad se realizó el 7 de septiembre de 2026 en la Universidad Alberto Hurtado y reunió a representantes de equipos e instituciones vinculados con la atención, intervención y reparación de personas víctimas de delitos violentos.

La sesión fue dirigida por Elizabeth Lira Kornfeld y Alejandra Vega Álvarez, investigadoras de Data Justa y académicas de la Universidad Alberto Hurtado y de la Universidad de Atacama, respectivamente.
Reconocer el impacto de trabajar con la violencia
Durante la jornada se abordaron distintos riesgos asociados al trabajo sostenido con víctimas, entre ellos el agotamiento, el estrés, el burnout, la fatiga por compasión, el estrés traumático secundario y el trauma vicario.
Estos efectos pueden intensificarse cuando existen sobrecarga laboral, pocos espacios de supervisión, falta de reconocimiento, funciones poco claras o recursos institucionales insuficientes. Por ello, comprender el desgaste de los equipos requiere observar tanto la dimensión emocional del trabajo como las condiciones en que este se desarrolla.
La conversación permitió reconocer que verse afectado por el contacto sostenido con experiencias de sufrimiento forma parte de los desafíos de estas labores. Lejos de ser una debilidad personal, se trata de una realidad que necesita espacios de reconocimiento, apoyo y cuidado.


Entre los recursos personales abordados durante la sesión estuvieron la autorregulación emocional y la autocompasión. Algunas prácticas relevantes son reconocer las emociones y señales de alerta, identificar los propios límites, establecer fronteras entre la vida laboral y personal y pedir ayuda cuando sea necesario.
La autocompasión permite reconocer esos límites y necesidades sin perder de vista el sentido del trabajo. Cuidarse no significa disminuir el compromiso con las víctimas, sino procurar las condiciones necesarias para sostener el acompañamiento en el tiempo.
El cuidado no puede depender solo de cada persona
Una de las principales reflexiones de la jornada fue que el cuidado no puede transformarse en una responsabilidad exclusivamente individual. Pedir a los equipos que desarrollen estrategias de autocuidado resulta insuficiente si las organizaciones no revisan las condiciones que producen o intensifican el desgaste.
El bienestar de quienes trabajan con víctimas también depende de las formas de organización laboral. La formación continua, la supervisión especializada, la distribución y rotación de casos complejos, la claridad de las funciones y el establecimiento de límites laborales pueden contribuir a proteger a los equipos.
A esto se suman el reconocimiento del trabajo realizado, los espacios de apoyo entre pares, una comunicación abierta y mecanismos adecuados para resolver conflictos. La colaboración entre instituciones y el trabajo en red también pueden ayudar a compartir responsabilidades y evitar que los equipos enfrenten de manera aislada situaciones especialmente complejas.
Esta perspectiva sitúa el cuidado como una responsabilidad institucional y estatal. Si se espera que profesionales y equipos atiendan, acompañen y participen en procesos de reparación frente a delitos violentos y graves vulneraciones de derechos, también deben existir recursos, supervisión y mecanismos de protección que permitan realizar esa labor de manera segura y sostenible.
Cuidar a quienes cuidan no es un beneficio adicional ni una tarea que pueda descansar únicamente en la voluntad de cada profesional. Es una condición necesaria para sostener el trabajo de los equipos y ofrecer respuestas de calidad a las víctimas.
La Octava Sesión de la Plataforma permitió poner en común experiencias y reflexionar sobre una realidad que suele recibir menos atención: quienes trabajan cotidianamente con las consecuencias de la violencia también pueden verse afectados por ella. Reconocer estos impactos y fortalecer mecanismos personales, colectivos e institucionales de cuidado contribuye al bienestar de los equipos y a la continuidad del acompañamiento que brindan.